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Documentació

"Escribir es echar un ácido corrosivo sobre las ideas que cuadriculan la realidad"

Entrevista publicada a “El País” el 22/02/03 per Javier Rodríguez Marcos

Justo Navarro tiene más de una cosa en común con Gabriel Ferrater: la novela negra, la crítica literaria, la poesía y la traducción. Si Ferrater sólo publicó tardíamente tres libros de poemas, el autor de La casa del padre no ha vuelto a la poesía después de Un aviador prevé su muerte, que obtuvo en 1987 el Premio de la Crítica: "He escrito un par de poemas, de memoria. Son fáciles de recordar porque escribo con rima, pero si no los apunto, a veces se me olvidan. Tampoco se pierde nada", afirma en su luminosa casa de Nerja, todavía provisional después de una mudanza.

PREGUNTA. ¿Por qué quiso escribir un libro sobre Ferrater?

RESPUESTA. Existe de entrada un elemento fabuloso -su promesa de matarse antes de los 50 años- que desencadena una historia. Uno espera el desenlace desde el principio. Además, para escribir se necesita un enamoramiento, y yo lo tengo con Ferrater.

P. ¿Por qué cree que ha sido personaje de tantas novelas: de Félix de Azúa, de Masoliver Ródenas...?

R. Y de poemas (de Gil de Biedma, José María Valverde...). Ferrater calcula su muerte, como si fuera Dios, y ese elemento divinizador es fundamental, aunque no sería suficiente si el personaje no hubiera hecho antes méritos como ser mítico. Tiene rasgos de personajes que, como Sócrates, viven en la calle, o como otros que dividen su vida en privada y pública. Todo acaba con su muerte profetizada. Los mitos en el fondo son figuras que elegimos para pensar nuestra propia vida.

P. ¿Sin suicidio no hay mito?

R. Yo me pregunto si los que oyeron a Ferrater decir que iba a matarse, lo recuerdan porque efectivamente se mató o si en caso de que no hubiera cumplido su promesa se acordarían. De hecho, yo no sé si él mismo se acordaba de que lo había prometido. Lo interesante de su promesa es que nos permite redondear el mito. Nos permite racionalizar la muerte, entender que la vida tiene una especie de sentido. Nosotros lo usamos como consuelo para pensar que la vida y la muerte pueden ser algo medido, domesticable, algo que podemos decidir nosotros.

P. ¿En qué se diferencia F. de Gabriel Ferrater?

R. He tratado de que cualquier elemento que aparezca en la novela esté documentado en los papeles que dejó. He querido ser veraz, pero no puedo presumir de que éste sea el Ferrater de otras personas. Por eso he titulado la novela F. , para subrayar su carácter mítico, como puede serlo el K. de El proceso , de Kafka, que fue precisamente la última novela que tradujo Ferrater.

P. En la primera página advierte de que los hechos no son ni reales ni ficticios, sino imaginarios. ¿Cuál es la diferencia?

R. Uno de mis modelos es Lenz , una novelita de Georg Buchner sobre la vida de un poeta romántico. Además, de Troya a la Divina Comedia o a Thomas Mann, el recurso de pensar en personajes reales como seres de ficción siempre ha existido.

P. ¿Por qué?

R. Lo importante es: ¿por qué necesitamos inventar ficciones? Porque nos permiten ver nuestra propia realidad, algo que no siempre hacen las biografías o los libros de historia. Nos dejan cierta libertad, mayor capacidad de movimiento y, sobre todo, de relación con nuestra propia memoria. La ficción es como un reactivo químico que se añade a otro elemento -la realidad en este caso- para verlo mejor a través del microscopio.

P. En F. hay elementos que ya aparecían en otras de sus novelas: la figura del padre, el suicidio...

R. Cada uno tiene los mitos que se merece. Dado que Ferrater era de la generación de mi padre, podría remitir a su figura. Además, la sombra del suicidio es algo que está presente en mi familia... pero creo que esto es secundario. Pertenece a mi equipaje más personal.

P. Su Ferrater parece más alegre que el de la leyenda.

R. Ferrater era de una cordialidad enorme, tal vez porque no se encontraba a gusto consigo mismo. Lo imagino como alguien que está celebrando siempre una fiesta de despedida con los amigos. Cada acto es un anticipo de la despedida y, a la vez, su aplazamiento. Me recuerda a un niño que no se quiere dormir porque no quiere separarse del mundo. Yo creo que tenía ese síndrome del niño que no quiere irse a la cama. Ferrater sabía que para prolongar la fiesta había que alimentar la máquina de la alegría, inventar algo que entretuviera a los demás. De hecho, yo pensé en titular la novela El seductor . Ya dijo Jaime Gil de Biedma que sus poemas eran añagazas para que la fiesta continuara.

P. ¿Qué aportó como escritor?

R. Ferrater es alguien con una obra de miles de páginas -en informes de lectura y textos de enciclopedias; sólo tres libros de poemas- y que, sin embargo, no se siente escritor, sino un personaje de una industria editorial absurda, mal pagado y maltratado como lector y traductor. Fue siempre clarividente, como cuando dijo aquello de que un poema debía tener la misma claridad que una carta comercial. Decía: "Tiene que tener más cláridad, pero como mínimo, la misma".

P. ¿Está de acuerdo?

R. Sobre todo con la segunda parte: que tenga la misma claridad. Su idea de escritura era absolutamente práctica. Empieza a escribir poemas porque se siente abandonado por una novia que ni llegó a serlo. Según él, uno escribe para agradar o para fastidiar. Esa idea sentimental práctica de la literatura me gusta.

P. Estaba dentro de la literatura pero al margen. ¿También ideológicamente?

R. En una carta a un periódico alemán, ante un reportaje que elogiaba las reformas de los años sesenta, Ferrater describe el franquismo, no sólo como un régimen político perverso, sino como un régimen de vida totalmente perverso. No obstante, para los de izquierdas parecía de derechas y para los de derechas, de izquierdas. Decía que las ideologías son unas gafas que impiden ver con claridad, una caja cerrada en la que se encierran los hechos, deformándolos. La literatura sería todo lo contrario: trata de ver con claridad donde las ideologías ven las cosas ya hechas. Escribir es echar un ácido corrosivo sobre las ideas que cuadriculan la realidad. Ferrater podía ser una persona incómoda, pero siempre estuvo comprometido con una idea de racionalidad, y la España del franquismo le parecía muy poco razonable.

P. En la novela dice usted que el escritor está siempre intimidado.

R. Intimidado no sólo por lo que dice, sino también por lo que no dice. Lo que ha dicho trataría de cambiarlo, y trataría siempre de añadir algo más. Para escribir se necesita valentía, y creo que Ferrater fue una persona valiente.

P. ¿El suicidio es un acto de valentía?

R. Su suicidio es un gesto de acabamiento, como la mayoría de los suicidios. Desde fuera, su vida puede tener un carácter mítico. Desde dentro, responde a un agotamiento físico y moral, a un no poder más. A veces pienso que si no se hubiera matado se habría muerto.

P. Al final estaba alcoholizado.

R. Es muy sintomático el título que Ferrater puso a la recopilación de sus poemas: Las mujeres y los días .F. es una novela de amor, y junto a ese modo de detener el tiempo que es el amor hay un elemento químico controlador del tiempo para su generación: el alcohol. Las mujeres y los días, las mujeres y el tiempo, el tiempo y el alcohol. Algo así.

P. Ferrater tradujo a Hammet y usted suele hacer crítica de novela negra, algo que, vista su obra, parece raro.

R. La novela negra pertenece al mundo de mi padre. Es muy posible que las novelas y cuentos de Hammet que tradujo Ferrater estuvieran en su biblioteca. Los primeros libros que leí fueron ésos, y la literatura es lo que todavía me mantiene ligado al mundo de la infancia. Mis raíces literarias son las novelas policiacas y de misterio. Para mí, leer esas novelas es seguir dentro de ese mundo. A veces leo verdaderas majaderías, pero me digo: bueno, son mis majaderías.

P. ¿Es una liberación o una condena?

R. Para mí no es ninguna condena, es un acto de reencuentro. Como si cada vez que leo una novela policiaca volviera al cuarto en el que leí las primeras... aunque, por fortuna, ya no estoy en ese cuarto.

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